norte

Mis viejos como en cada despedida de viaje me llevaron hasta la estación y yo con mi mochila partí. Euge había ido con su novio y después de la despedida nos subimos al tren. La sensación de libertad me llenaba el alma como en cada viaje, sin planes, sin tener demasiada idea de la duración, sin tanto dinero, pero llena de ganas para todo. El viaje en tren fue incómodo porque el asiento era duro y tuvimos que dormir ahí como pudimos, el paisaje no era gran cosa y las ventanillas estaban hechas pelota así que tampoco se veía bien el otro lado. No recuerdo si tuve miedo, la ilusión era mas grande que todo. 28 horas viajamos hasta llegar a la capital, San Miguel de Tucumán y el pasaje había costado solamente cien pesos. En aquel momento teníamos una cámara de fotos para captar imágenes y la fuimos usando en dos colectivos hasta la Quebrada de Humahuaca, así que un tren y dos micros nos llevaron al destino final. La idea era empezar el viaje viviendo el carnaval de Tilcara y por eso llegamos al hostel metido entre montañas como todo pueblo de la quebrada. El hostel tenia una terraza y ahí habitaciones para compartir. Me acuerdo que llegamos después de mas de un día y medio sin bañarnos y la tierra que teníamos encima se acoplaba perfecto con el color marron que nos rodeaba. Odio estar sucia en casa pero cuando paso los 500 km se puede decir que me adapto. Para llegar subimos una calle empinada y yo no podía creer que desde su pequeña terraza humilde pero soñada podías tener de vecinas a las montañas y los cerros, que te acompañaban día y noche ahí bien cerquita. Nos encontramos con gente que trabajaba de paso, es decir, voluntarios que para tener donde dormir trabajaban por alojamiento y comida. Se veían un ambiente competitivo entre las voluntarias, después me di cuenta que era por Pablo, un punto aparte. Pablo, el dueño, con treinta y pico de años había ido desde Buenos Aires a Tilcara a empezar con un sueño y la verdad que el hostel era fruto de su trabajo. Con el paso de los días me di cuenta que si bien no tenía grandes atributos de belleza su tranquilidad y sus conocimientos de guitarra, norte y canto llamaban la atención de las voluntarias que se peleaban por estar con él y con Euge nos matábamos de risa de ver como trataban de llamar su atención. En el hostel nos encontramos con gente de distintas edades y nacionalidades, pero recuerdo muy bien a dos señoras de mas de cincuenta años, ¿No parece un poco loco? Hospedadas allí. Una, Delia, había llevado a la otra y conocía de años anteriores el hostel y por supuesto a Pablo. Delia nos contó entre mates y Don Satur en la terraza que su marido había sido secuestrado en la última dictadura militar y esa charla pero particularmente a ella la recuerdo hasta hoy. Una mujer alta, rubia, como si en otros años hubiese sido vedette, era muy llamativa por su personalidad y por Facebook en años posteriores me enteré que falleció. Poquitos días compartimos pero forma parte de mi viaje, de mi vida, de lo que se vive en un hostel. Yo creo que en estos lugares mágicos se entre mezclan historias para los que quieran abrirse, se sueña fuerte, se vuela alto, se canta, se baila y principalmente se comparte. Con los años fui buscando hoteles con pileta sin embargo si voy a un hostel no me importa si no hay pileta, si la pieza se comparte y si la cama es incomoda.  Hubo días en los que juntos visitábamos la locación de alguna comparsa que convidaba comida y cerveza para alentar su música, baile y disfrutar estas fechas con tanto significado en la Quebrada. A la noche se armaba el Saratoga que era un vino mezclado con frutas y al principio dudaba mucho de tomarlo, con toda mi desconfianza de Buenos Aires en los hombros, pero después me animaba y me sumaba a ellos.

Con Euge no teníamos un itinerario y en una charla con Pablo le pregunté que tal Bolivia, qué sabía él de allá. Me habló de un tour de cuatro días que iba entre lagunas, termas, volcanes y enseguida otra nueva idea se me implantó en la cabeza, esta vez llegar a Bolivia y hacer ese tour. Enseguida le dije a Euge que teníamos que ir y sin necesidad de tanto convencimiento fuimos primero hasta La Quiaca y desde ahí caminando hacia Villazon, la primera ciudad fronteriza. La verdad, jamás pasé caminando una frontera, no tenia experiencia en trámites de ingreso caminando a un país, solamente cruzamos un puente y enseguida estábamos del otro lado. Es increíble como cambia en tan solo metros el panorama entre un país y otro, la nueva cultura era naturalmente diferente y notamos que la gente comía en las calles cosas que nunca íbamos a probar. Tomaban jugos que vendían dentro de bolsas transparentes en las veredas mientras el sol encandilaba. La calle principal por la que entrabas a Villazón era ancha y llena de negocios que vendían todas esas cosas que nos remiten al norte y con el característico aguayo, esa tela colorida que decora desde mantas hasta zapatillas y colitas de pelo.  Con Euge no teníamos suficiente plata pero el objetivo era hacer el tour de cuatro días que empezaba en Uyuni, así que fuimos a la estación a sacar el pasaje. Como el micro salía a la tarde noche hicimos tiempo en la plaza sentadas en un banco mirando como todo el alrededor. Podría decir que es un hobbie sentarme en plazas de cualquier parte del mundo a ver que sucede a mi alrededor como si estuviera detrás de una vidriera mirando la vida de otros pasar. El condimento de Bolivia era el temor a las camionetas blancas y autos que se detuvieran cerca, la trata de personas era un tema muy recurrente por el 2014 y si veía algo así salía corriendo con el mito, leyenda o realidad peligrosa al acecho como una amenaza latente.

En el viaje a Uyuni dormimos un poco aunque el micro hacía ruidos raros cuando iba por en medio de las montañas, se hizo de noche y no sabíamos ni por donde íbamos aunque ni siquiera queríamos mirar. Llegamos con unas israelitas en medio de la madrugada y nos metimos en el primer hostel que vimos. Ya no estábamos en argentina por lo tanto no teníamos línea de teléfono en el célula así que en consecuencia no teníamos internet y la aventura sabía diferente para mi y seguramente para mi mamá que esperaba en casa pensando quien sabe que cosas. Al día siguiente me levanté con dolor de garganta y fui por mi cuenta a la primera farmacia que encontrara para comprar caramelos o algo. En el camino me di cuenta que muchas agencias ofrecían el tour de los cuatro días y vi una con un precio que podíamos pagar. Al llegar me bañé y le conté a Euge, íbamos a contratarlo para salir ese mismo día y también hicimos tiempo mientras tanto dando vueltas por el Uyuni que era claramente un lugar turístico pero que conservaba su esencia de pueblo. Cuando empezamos el tour en una 4×4 nos presentamos entre el grupo, éramos nosotras argentinas, dos suecas de una edad similar a la nuestra, 19 años. Había un español que viajaba solo, al igual que un alemán y un turco que era el mas grande y venía recorriendo América y tomando fotografías.

La gran atracción fue el Salar de Uyuni, el salar mas grande del mundo, un lago en el cielo pensaba yo, como la canción de Cerati. Nos sacamos fotos, charlamos, hicimos amistad entre todos y todo iba con mucha calma. En cierto momento el guía chofer nos avisó que íbamos a dormir en un hotel y el español se dio cuenta que eso salía del programa, sin tener mayor respuesta, se hizo lo que no estaba planeado. Mientras otras camionetas seguían con el recorrido nosotros nos quedamos a dormir en un hotel de sal, Euge y yo sin ninguna preocupación aceptamos el cambio sin preguntar nada, de todas formas era único dormir en un hotel de sal en donde la cama era incluso de este material. Al día siguiente nos dijeron que la camioneta tenía una falla y que íbamos a volver al inicio para cambiarla y enojados volvimos todos a quejarnos por la estafa. Al llegar a Uyuni en la agencia no había nadie, la dueña había desaparecido. Con las suecas le escrachamos todo el negocio porque estaba abierto pero vacío y llegó una supuesta empleada que no sabía nada y no tenía intención de ayudarnos. Más tarde apareció la dueña y nos dijo que no íbamos a poder hacer reclamos porque la ley de ellos era como ellos querían. En medio de la injusticia, el turco fue a descargar fotos en un ciber de en frente y distraído le robaron su mochila donde tenía una laptop y una cámara y quien sabe cuántas fotos tomadas durante su viaje de dos años por América. En ese momento todos nos unimos en el reclamo y Euge acompaño a Mustafa, el turco, a la policía. Le tomó la denuncia un hombre con su agenda personal en la calle diciéndoles que todos estaban abocados al asesinato de una mujer. Parecía una joda, una película de ficción, un cuento raro donde las cosas no concordaban y yo estaba esperandolos totalmente impaciente asustada por lo hostil que se mostraban los locales con nosotros.  En la agencia no reconocían nada, pero nos ofrecían retomar el viaje y ciertamente todos estábamos ahí para poder hacerlo, no nos iban a devolver la plata así que decidimos continuar. Ahora el guía chofer era nuevo y no tenía ni el mínimo agrado con nosotros, nos llevó a todos los lugares pautados pero sin hablar, se llamaba Orlando y más tarde supe que era hermano de la dueña de la agencia.  Muchas veces en la mañana con temperaturas de dos grados manejaba con la ventana abierta…y yo ni siquiera me animaba a quejarme porque temía que nos abandonara en el medio del paisaje. Recorrimos lagunas, dunas, desiertos, termas y dormimos en refugios en medio de la nada. Tan en medio de la nada que dentro de un refugio Euge reclamó papel higiénico y la invitaron a limpiarse con la servilleta de una panera.  Volvimos igualmente contentos, algunos se quedaron en el desierto de Atacama en Chile mientras que otros llegamos a Villazon sanos y salvos. En el regreso sacamos nuevamente pasaje hasta Villazon para volver a Argentina, yo quería seguir viaje por Bolivia pero esta vez Euge no estaba convencida y no me negué a volver. En el regreso el micro ya parecía colectivo y viajamos a la noche. Las ventanas se movían al compas de cada piedra de aquel camino de ripio, ahí si sentí muchísimo miedo, recé varias veces hasta llegar al amanecer en esa especie de línea 152 de cordillera.

Cruzar la frontera nunca fue tan difícil, había mucho tránsito para cruzar caminando y en la fila pedían papeles que a veces ellos ni siquiera daban. Nos pidieron la entrada al país y no la teníamos, no había nadie cuando entramos a Bolivia. Por no tenerlo nos querían hacer pagar una suma que equivalía a todo lo que nos quedaba de plata así que me negué y me acerqué a hablar con los argentinos que estaban en la frontera representando a mi país con ropa de Afip, Anses, ya no recuerdo. Su respuesta fue que esa era su forma de recaudar y en ese momento me pegue de frente con la falsa idea de países hermanos, de Latinoamérica unida y de todas las canciones que sabía y me habían llevado hasta ahí. Había un gendarme que nos tenía en la mira y especialmente a mí no me soportaba. Me largué a llorar, porque no les quería regalar nada y porque nunca me sentí tan aplastada por la falta de ética y moral de esa gente, ni con las llamadas a Telecom me había sentido tan aplastada después de más de una hora de espera en el teléfono.  En la fila la gente se puso de mi lado y muchos me decían que pasaban ese tipo de situaciones de forma muy seguida, yo me ponía peor al escucharlos y toda mi angustia parecía que se contagiaba con unos y otros. El personal de frontera ya me conocía y cuando cruzamos en el momento exacto, ignoraron que no tenía el papel y me dejaron pasar…cuando cruzaba un agente argentino me frenó…me quedé sin aire… pero era solamente para pasar mi mochila por el escáner. Volver a Argentina era querer abrazarla desde el piso de tierra hasta cada compatriota, nunca estuve tan feliz de pisar mi casa, mi país. Con la plata que nos quedaba nos fuimos a Salta, allí pasamos los últimos días de nuestro viaje con la mochila repleta de anécdotas.

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