LA CASA

La casa de mi abuela tiene magia. Si pasas por adelante quizás no lo sepas, pero si entras y te recibe con un abrazo ya te vas a sentir Alicia en el país de las maravillas. Las rejas son verdes, un verde brillante que aparentemente estuvo de moda en algún año o década y que la hacen fácil de reconocer cuando vas en remis o caminando. Desde que tengo memoria la casa tiene un jardín delantero donde siempre hubo rosas, en invierno no las hay pero cuando empieza la primavera ya asoman los primeros capullos. También hay otras plantas que no sabría describir pero que mi abuelita cuida como pocas cosas yo se cuidar en esta vida. Al entrar hay un pasillo a la derecha lo suficientemente ancho, por allí se sigue para entrar por atrás porque la puerta de adelante se usa poco y nada, es de una madera barnizada y tiene algún que otro firulete de metal pero como si fuera una puerta sellada solo se abre al público cuando mi abuela te invita a entrar por ahí o salir…

El jardín de atrás es la puerta al cielo, ahí hay mas plantas y una que perdón que insista con el tema, pero es mi abuela hecha flor. Es la rosa rococó que se reproduce felizmente en ese jardín y que huele suave como si las nubes tuvieran aroma. Es una planta delicada como una crema que te pasas por el cuerpo o la cara y color rosado clarito…a veces tengo el honor de que me regale algunas flores y llevármelas a mi departamento que aunque tenga todo el empeño del mundo, jamás será como la casa, con mayúsculas, de ella. En ese jardín mi mamá, mis tíos, mis primos y yo hemos pasado nuestra niñez…generaciones han crecido en ese patio. Anteriormente había un árbol que con los años empezó a molestar, quien sabe bien por qué pero que yo amaba. Hoy en día tengo miedo a las alturas, pero cuando era chica me trepaba hasta lo más alto del árbol para ver lo más lejos posible como un pirata mira el horizonte y cuando atardecía bajaba de allí, llena de haber imaginado tanto. Jamás podría contabilizar las historias inventadas que surgieron arriba de aquel árbol con flores blancas. Siempre fiel a los primos, a mis amigos vecinos, nunca se quebró para tirar a nadie…pero si lo quebraron a él y enterraron muchas anécdotas.

La cocina de mi abuela tiene paredes naranjas, creo que empiezo a notar de donde herede el gusto por los colores. Tiene azulejos originales con un color rojo pero también con blanco que con la luz que entra por las ventanas da una tonalidad muy cálida a dicho espacio. En la cocina mi abuela le cocinó a todos sus familiares, a los mas queridos sobre todo. Nunca falto comida en su casa y por el contrario, siempre sorprende con algo guardado como si el visitante fuera la ocasión justa para abrir un paquete de galletitas especialmente guardado. A diferencia de mi casa que carecía de muchas cosas, en lo de mi abuela no faltaba jamás nada.

El comedor living esta repleto de fotografías, es un museo de recuerdos y se usa poco y nada, es el templo de la casa. Ahí velaron a mi abuelo, que no conocí, después de un espontaneo accidente automovilístico en panamericana. A veces me pregunto si nos mira desde alguna parte de la casa, pero con lo mucho que reza mi abuela, supongo que esta en el cielo o lo mas cercano a ello. Por supuesto que este acontecimiento habrá cambiado el aire del hogar, la cara de mis tios Elvira, Carlos y Tito….y por supuesto de mi mamá que lo recuerda siempre con una mirada triste. Quisiera empatizar con ellos un rato pero me es difícil imaginar aquella tragedia que mi abuela ha sabido sortear para dar amor a sus nietos. Anteriormente en el living había un piano de cola que mi mamá tocaba y con el que daba clases de piano. Desde que se casó dejó de tocarlo y muchos años mas tarde se decidió venderlo.

Su cuarto es como el de una reina, tiene un respaldo de cama verde musgo y va cambiando los acolchados según la temporada. Tiene una cómoda con tres espejos, uno en el centro fijo y dos en los costados que se mueven como puertas para que uno al mirarse se sienta una estrella. Una lampara encima de la cama que con los años se oscureció pero que sigue siendo una reliquia. En su armario hay mas ropa que en el mío y cuando era chica le robaba todas las pinturas, jamás me retó.

En el otro cuarto han dormido hijos, un nieto y ahora mi tia Elvira. Es una parte de la casa que tiene recuerdos para mi mamá pero no para mí, que tenia pase directo al de mi abuela.

Ir a la casa de mi abuela significó el primer viaje de mi vida. De chica pedía que me lleven siempre y con ella jugábamos a las cartas horas incalculables, chin chon, escoba del quince, esos eran los principales. Hoy soy gran jugadora gracias a ella y de vez en cuando jugamos de nuevo para no perder la costumbre. También fue el primer lugar en donde dormí fuera de casa y no recuerdo haber tenido miedo, despertar en su casa con su buen humor era impagable.

Navidades y años nuevos se festejan religiosamente en su casa y la parte de adelante y de atrás siempre tienen algún adorno, empiezo a pensar que mi abuela fue una diseñadora de interiores sin título.

Mi primer beso, según ella, fue con uno de sus vecinos, que reconozco que me gustaba pero no recuerdo ese específico suceso entre pared y pared.

La primera vez que escribí fue desde su terraza, lancé el papel al cielo y quien sabe que habrá pensado aquella persona que la encontró, si es que no la voló el viento y la aplastó la lluvia.

Uno de mis miedos mayores es imaginarme a esa casa sin su reina, como un castillo sin sus reyes. Por eso aprovecho cada vez que puedo para entrar a mi casa preferida en todo el mundo, abrazar a la mejor abuela que me pudo tocar y compartir unos mates llenos de amor.

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